Tuve la fortuna de pasar cinco años consecutivos en la casa de Liverpool: dos como becaria en el área de poesía y tres colaborando en el proyecto de la Enciclopedia de la Literatura Mexicana. Es difícil saber qué de todo eso sigue presente en mí labor como escritora. La primera vez que entré a la casa fue el día de la entrevista. Honestamente, salí de ahí sin saber si volvería a entrar. La construcción de estilo porfiriano es imponente, mucho más con el paso de la gentrificación en la Ciudad de México, pero lo era más la idea de haber estado tan cerca y no obtener la beca, por ello, cuando me llegó el mail de aceptación tuve que leerlo muchas veces. De la bienvenida recuerdo varias frases, la primera: “Esperamos que este sea un año significativo en su vida como escritores”. Entonces no entendí a qué se refería con ello. Qué podría significar, realmente, tener un año solo para escribir.
Recién había terminado la maestría y había mantenido mi escritura poética tímidamente. Enviar mis papeles de solicitud fue un acto de arrojo que no entiendo de dónde salió. Recuerdo que pensé: si no me dan la beca, pues hago el doctorado. De esa manera intenté vacunarme ante un posible rechazo. Me detengo en ello porque una de las primeras cosas que me dio la Fundación es la confianza en hacer público mi trabajo. Antes de ser aceptada no tenía intenciones de publicar o de dar a conocerlo más allá del círculo de amigos. Escribir y hacer una vida pública como escritora son cosas muy distintas, aunque en ocasiones cueste verlo. Si bien lo central es lo primero, lo segundo toca otras aristas, no del todo desligadas del oficio, pues la puesta en público de lo escrito activa procesos, cambia un estado de la realidad invariablemente, aun cuando sea la realidad del propio escritor.
Aún ahora, a pesar de haber ganado más experiencia en lecturas y charlas públicas, me considero una persona tímida que a veces logra suspender esa timidez para afrontar eventos públicos. Para ello la Fundación también tiene previstos algunos auxilios, entrenamientos, por llamarlos de algún modo. Las diversas sesiones de charlas o aquellas donde compartíamos nuestras primeras lecturas fueron ejercicios a los que asistí con temor y con un texto lo más estructurado posible para aferrarme a él en caso de pánico. Estar en la Fundación me ayudó a saber que puedo dar lecturas y charlas a pesar de la timidez.
Para buscar una huella más profunda busqué en mis cuadernos de esos años. Mi idea era entresacar notas que dieran cuenta de mi experiencia en la tutoría con Antonio Deltoro, mis compañeras y compañeros. Pero encontré otras cosas de las que me había olvidado, por ejemplo, algunos apuntes sobre un proyecto radiofónico con Radio UNAM para el que tuvimos que escirbir textos a partir de sonidos. Recuerdo que el primero de ellos debía ser hecho a partir del sonido de la sirena de ambulancia y otro de la campana que anuncia el camión de la basura. Según recuerdo, en ese proyecto participábamos no solo poetas, sino también dramaturgos y narradores. Nuria Gómez y Jessica Trejo, de Radio UNAM, nos ayudaban en la parte de la corrección y eran ellas quienes convertían nuestros textos en cápsulas radiofónicas. Fue una experiencia muy bella que genuinamente no recordaba y me sorprendió hacerlo ahora que mi interés por los sonidos me ha llevado a diseñar un taller donde exploramos la relación entre escucha y escritura. A veces las huellas no son evidentes, pero eso no quiere decir que no estén allí.
También recordé fue mi participación en el comité editorial de Pliego 16, una de las revistas de la Fundación. José María Espinasa nos daba ese taller. Me acordé sobre todo de nuestra insistencia por tomarnos fotografías al estilo David Lynch para que se ocuparan en la portada y los interiores. La idea era vestirnos de negro, como muy elegantes y usar unas máscaras de animales; las únicas que conseguimos eran de plástico como las que se usan en disfraces para fiestas infantilies. El tema de ese número era lo extraño. Con las fotografías buscábamos una atmósfera como la del cineasta norteamericano: siniestra, un poco sórdida, pero bella. El resultado, desde luego, no fue el esperado; pues nuestras fotografías en el mejor de los casos eran chuscas, pero para nada inquietantes. Si no mal recuerdo, Pablo Molinet, además de fotografiarnos nos hizo entrar en razón y elegimos otros materiales para acompañar los textos de ese número de Pliego. Este recuerdo, además de divertido, dice mucho sobre la libertad que siempre sentí para experimentar en ese lugar. También es una muestra muy pequeña de la convivencia entrañable con colegas, varios de los cuales son amigas y amigos queridísimos.
Las notas encontradas en mis libretas varían. Si intentara una mínima clasificación, las tres siguientes estarían en el rubro: “cosas dichas de repente por Toni y que yo sentía importantísimo apuntar”:
La poesía es libertad.
La poesía consiste en la simpatía por las cosas.
La poesía funciona por contagio.
Otras, como la siguiente, pertencen al reino de las “cosas que no deo olvidar”:
Los hallazgos de sentimiento son los que hacen al poeta.
Hay algunas que son más bien “instrucciones qu todavía no llevo a cabo”:
Enviar los textos a más tardar el jueves 12.
Buscar ‘grillo’ en el Corominas.
Traer las otras versiones
Me pareció muy interesante encontrar nombres de autores que imagino eran referencias sobre los temas que tratábamos en nuestros propios poemas. También dan cuenta de las lecturas que hacíamos, pues había sesiones en las que leíamos a otros autores, ya fuera porque Toni nos llevaba un poema para señalarnos algo, ya porque alguno de nosotros quisiera compartir algo. Algunos de los nombres recurrentes, al menos recurrentes en mi libreta:
Juan Rulfo – Soler
Tutoría: Marim Sorescu
El pobrecito señor X
Nuno Júdice
Francisco José Cruz
Encontré unas pocas donde el nombre del autor va seguido de la enseñanza o de lo que tendría que buscar en él:
Ensayo sobre Ramón López Velarde, grave y esdrújulo. Lo grave es la provincia, el pecado lo esdrújulo.
“corrección por sorpresa”, Juan Ramón Jiménez.
Ver Canciones de Juan Ramón Jiménez para ver su trabajo con las cosas pequeñas.
Borges, de la salvación por las obras/ el por qué de los hemistiquios
Algunas de mis notas tendría que clasificarlas como “cosas que anoté porque no debía olvidarlas, pero no entiendo por qué”. Por ejemplo:
El tema A y el tema B son contrastantes, para ello se usa un puente modulante.
De un 12 de enero
Pensar no tanto en por qué lo hizo, sino en por qué lo dejó.
Otras son del tipo “cosas que anoto poque son importantes para mí, no importa cuántas veces las escriba”:
El pasado más profundo es la infancia.
El fragmentarismo en la poesía-recuerdo de las partes más siginficativas de los poemas-lavuelta a la memoria-camino a pedazos-
A veces el poema es muy fuerte y queremos dejarlo. / Machucar. / “Muchachas más desnudas que frutas”, Pavese.
Hubo cosas que no fue necesario anotar, porque las recuerdo muy bien. Por ejemplo esa técnica de la corrección del lápiz, como la llamaba Toni. Cosistía en cubir con un lápiz el primer verso de un poema y leerlo sin éste; y así sucesivamente hasta pasar por todos los versos. La idea es que así puedes comprobar si todos los versos son imprescindibles, porque si uno no lo es entonces se puede ir, aunque sea un muy buen verso. Otra vez yo llevé un poema, que luego formaría parte de Barranca (2018). Era un texto breve, de pocos y reducidos versos. En general recibió buenos comentarios, pero había un adjetivo que no “cuadraba”. Mi tarea era buscar un adjetivo más idóneo y llevarlo en la siguiente sesión. Pasé toda la semana buscando ese nuevo adjetivo. No lo encontré. Llevé otro poema a la sesión, esperando que Toni olvidara mi tarea. No fue así. Después de tallerear el nuevo texto, me preguntó por el anterior. Le conté que no había encontrado cómo sustituirlo. Me dijo que ese era el trabajo del poeta y que a veces tardaba mucho en encontrar la palabra adecuada.
Volviendo a las anotaciones, hubo una de suma importancia. Si bien, para entonces yo ya había escrito un poema sobre la hierba no sabía lo importante que se iba a a volver ese elemento para mí. Hace poco terminé un poemario llamado Lengua hierba, que espero se publique este año. Por eso durante esta búsqueda de recuerdos en mis cuadernos fue revelador encontrar la siguiente:
Mi vocación es la hierba.
En ese apunte está la semilla de lo que luego se convirtió en un libro. Aunque yo no era consciente de ello, esa frase estaba allí entre las hojas de mis cuadernos esperando a ser descubierta para decirme: “este camino ya lo habías empezado a trazar”. Siento que así pasa con las cosas de la Fundación.